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sábado, 2 de mayo de 2015

House of cards (Andrew Davies, 1990, 1993, 1995)


House of cards, la mini-serie original de la BBC (con tres partes -House of cards, To play the king y The final cut- de cuatro capítulos cada una), es la base de la serie televisiva norteamericana que ahora mismo está triunfando en el mercado de la televisión. Pero no sólo eso.

House of cards, en su versión (original) británica, es, ante todo y sobre todo, una cáustica sátira acerca del espíritu que anima a los líderes conservadores. Porque Francis Urquart (Ian Richardson), el personaje protagonista, es, sí, un personaje maquiavélico, conspirador, maniobrero. Pero, ante todo y sobre todo, es un líder que cree firmemente en lo irrenunciable de las jerarquías sociales, en la necesidad de que las masas plebeyas permanezcan firmemente sujetas a las élites "naturales" de la sociedad. Y que comprende (con esa carencia de empatía por el pueblo, su falta de escrúpulos, sí, pero también con su natural clarividencia) que, en una democracia de masas, la preservación de las jerarquías (y de los privilegios) pasa necesariamente por la manipulación del sistema político y del electorado, y aun por el crimen, si ello es preciso.

Así, la versión británica de House of cards apenas profundiza en los mecanismos del poder político, sino que prefiere apostar por una penetración en el trasfondo -siniestro- de la política: allí donde los líderes políticos (y quienes les rodean: familiares, amig@s,..., tod@s ell@s privilegiad@s) se desnudan y se revelan como auténticos cazador@s de sinecuras, preservador@s de la desigualdad social (que incluye, por supuesto, su propia promoción como parte de la élite -los privilegios son siempre bienes posicionales, necesitados de una gran masa de no privilegiados para cobrar valor), a cualquier precio. Como arribistas, manipuladores, que, antes que el poder político propiamente dicho, aspiran sobre todo al ascenso social.

(En cambio, la House of cards norteamericana -la parte que hasta ahora he podido ver, las dos primeras temporadas de la serie- opta más bien por estudiar al ambicioso en estado puro, como animal de una especie peculiar y fascinante. Que no busca tanto riqueza o privilegios, cuanto el poder por el poder mismo, por el hecho de poseerlo en exclusiva. Y, debido a ello, la serie norteamericana se explaya más -de modos, en todo caso, discutibles- sobre los mecanismos que conducen, dentro del sistema político, a adquirir poder, a conservarlo o a perderlo.)

Dotada de recursos limitados (en 1990 aún no se invertía en las producciones televisivas las cantidades que posteriormente, con el desarrollo de un mercado más amplio para las series, se han vuelto más habituales), las formas audiovisuales de la versión original británica de House of cards resultan, vistas hoy, muy conservadoras: efectivas, sí, pero no efectistas.

En todo caso, contemplar al espécimen puro de líder conservador, elitista, despectivo, autoritario, en escena (a ese que soportamos cada día en la televisión, aunque se disfrace de político democrático y con "sensibilidad social" -a ese que, salvo error,  únicamente proclama "¡que se jodan!" en la intimidad de los salones, cuando se encuentra entre sus pares), resulta reconfortante, en la causticidad de su representación: porque sabemos que describe una realidad y, aunque nos incomode ser conscientes de ello, no podemos permitirnos ignorarlo; necesitamos saber.




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