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viernes, 20 de diciembre de 2013

La jaula de oro (Diego Quemada-Díez, 2013)


El otro día indicaba cómo el cine no ha sido capaz todavía de representar adecuadamente el fenómeno de la esclavitud. Y bien, si algo puede asemejarse, en el cine actual, a tal representación, de las vidas reales de l@s esclav@s, así como de las estructuras e interacciones en las estos que se ven involucrad@s, es el cine sobre los fenómenos de inmigración clandestina. Porque en muchas de esas películas (en las mejores de entre ellas) podemos ver a seres humanos reales -tanto explotador@s como explotad@s- interactuando, dentro de estructuras de dominación, y reaccionando como seres humanos normales, no como fantoches (sean fantoches sádicos o fantoches víctimas).

La jaula de oro se acoge a este recurrente y creciente subgénero. Y opta por tratarlo a través de las estructuras narrativas de la road movie. De manera que cabe esperar una narración de vicisitudes y aventuras, de las personas migrantes, cuya experiencia las va transformando.

Y, efectivamente, de todo ello (de narración en forma de road movie, de aventura externa y de transformación consiguiente en la psicología atribuida a los personajes), algo hay en La jaula de oro. Y, sin embargo, la película se aleja de lo que en un principio cabría esperar por el modo de presentarse (una nueva odisea, épica), para recalar en las aguas del realismo. Pues lo que, al cabo, Juan (Brandon López) experimenta no es principalmente -aunque también- una transformación interior. Más bien, lo que le ocurre es que, al llegar a su destino (esa "jaula dorada" que da título a la película: los Estados Unidos), ha sido despojado de todo lo que él era: de sus amigos y de su identidad. Se ha convertido (y las últimas imágenes de la película son bien explícitas al respecto) en mera fuerza de trabajo, explotada, en el estrato más bajo de las relaciones de dominación. Ha dejado de ser la persona que, hasta ese momento, hemos seguido, en sus aventuras y experiencias.

Precisamente, es en esta rara combinación de película de aventuras y desenlace descarnadamente realista, en el que la retórica épica o aventurera (pero tampoco la obscena poética del sufrimiento y el victimismo, tan caro a cierno -mal- cine del "realismo social") queda por completo fuera de lugar, donde hay que hallar el mérito de la película. Y también, por supuesto, la tristeza que ocasiona a sus espectador@s: la tristeza de lo que se sabe que es una cabal representación de una crudísima realidad.


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