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martes, 24 de septiembre de 2013

The accused (William Dieterle, 1949)


Traigo hoy a colación esta pequeña película no precisamente por su valor estético. (De hecho, me parece una muestra más bien mediocre del género criminal, con el uso y abuso de la voz over y el limitado empleo de la composición de los planos y/o del montaje para dotar de relevancia a lo narrado. Lo narrado, que es, en sí mismo, una también mediocre trama de sospechas, falso-verdadero-culpable y amor romántico.) Lo traigo, porque pienso que se trata verdaderamente de un ejemplo de manual de cine sexista; explícitamente sexista, quiero decir (puesto que, obvio es decirlo, implícitamente...).

En efecto, lo que, por debajo o por encima de la banal trama criminal y romántica, en realidad narra la película es la incapacidad de una mujer (de la Mujer), encarnada aquí por Loretta Young, para sobreponerse a sus ansiedades, a sus miedos y a sus "instintos" y vivir autónomamente en sociedad, como una persona independiente y una profesional merecedora de respeto. La película comienza con un estudiante (Douglas Dick) tratando desconsideradamente a su profesora, e intentando abusar sexualmente de ella: la condición de género se sobrepone a la supuesta autoridad del docente frente al estudiante, para hacer que aquél se sienta, de hecho, más empoderado que ella.

Luego, la mujer se halla perdida, en sus remordimientos y su miedo a ser descubierta, actuando en todo momento de forma irracional, pareciendo hacer todo lo posible para ser acusada: la mujer es incapaz de pensar racionalmente, de actuar de forma instrumental, se deja arrastrar por sus emociones.

Y tiene que ser el momento en el que cae en manos de un enamorado (Robert Cummings), capaz de actuar con "sentido práctico", cuando empiece a encontrar una "salida" a su situación: casarse con él. Es decir, intercambiar libertad por seguridad. Someterse a sus dictados y a su protección.

La cosa, no obstante, acaba siendo aún más chocante, por cuanto también el detective que investiga el homicidio (Wendell Corey) está dispuesto a disculpar a la acusada, porque también aspira a ser él quien la consiga.

De este modo, podemos asistir, en poco más de cien minutos, al desmontaje del "mito" de la mujer autónoma, y su reconducción a "donde debe estar": sujeta a un varón, el único lugar donde la mujer puede vivir una vida segura, en la que el destino y su propia incapacidad para el autocontrol no la arrastren hacia el desastre.

(El hombre, en cambio, no tiene -así seguiría el argumento sexista- tal "suerte": está forzado, por su condición, a reprimirse a sí mismo. Nadie lo hará por él: el cine criminal está plagado de argumentos que efectúan variaciones sobre este tema. De entre ellos, acaso The woman in the window (Fritz Lang, 1944) constituya uno de los ejemplos más evidentes y señeros.)


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