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lunes, 5 de agosto de 2013

Seven men from now (Budd Boetticher, 1956)


Budd Boetticher realizó a finales de los años cincuenta del siglo pasado, toda una serie de westerns protagonizados por Randolph Scott, varios de ellos con guión de Burt Kennedy. Seven men from now es el primero de ellos.

Producto ya del giro modernista que el western venía experimentando en aquellos años, la película destaca tanto por lo matizado de su argumento como por el tratamiento visual que Boetticher otorga a sus imágenes. Así, en el primer aspecto, lo que la película narra es una sensible historia de dolor, cobardía, miedo, superación, tentaciones... acerca de la inevitable ambigüedad moral de los seres humanos, en suma. En efecto, ninguno de los personajes principales de la historia (tan sólo los bandidos perseguidos por el ex sheriff encarnado por Scott aparecen diseñados con rasgos tópicos, pero ellos son más el mcguffin del argumento que su auténtico tema) resultan ser seres de una pieza: el "héroe" es un individuo torturado por sus fracasos previos y tentado de olvidarlos y de conseguir una nueva mujer, casada con otro; el "villano" (interpretado tan espléndidamente como siempre por Lee Marvin) es alguien que aprecia los gestos de valor y la belleza femenina, y que se niega a luchar con ventaja; el personaje "débil" se revela, finalmente, como alguien que reúne el valor necesario para afrontar la muerte por intentar hacer lo que debe; y, en fin, la mujer hacer moverse a todos los personajes, pero es capaz de conciliar su irrefrenable atracción hacia el protagonista con la esencial fidelidad a su débil y cobarde marido.

Una historia, pues, en la que la búsqueda de la venganza de Ben Stride (Scott) conduce a un verdadero ejercicio de aprendizaje de nuevos sentimientos, y en la que ninguno de los personajes resulta insensible a la necesidad de cuestionarse sus propios actos y buscar un comportamiento adecuado a la moral (a la moral de cada uno, claro está). De manera que la venganza, pero también la avaricia y el deseo, mueven a los personajes. Pero también sus emociones morales, que limitan en todo momento sus actos.

La historia es puesta en imágenes por el director prestando una especial atención a la composición de los planos de los amplios paisajes por los que la historia transita, y en especial de la zonas rocosas y montañosas. Una composición en planos generalmente amplios, que ubica a los personajes en el medio de un territorio inmenso y perdido. En el que aparecen, por ello, ante todo como individuos que han de sobrevivir. Aunque, aquí (como he apuntado), la supervivencia no es sólo -aunque también- una cuestión de energía física, sino que además es la persistencia o adquisición de su propia integridad (moral) como individuos lo que está también en juego, en las vicisitudes que corren. De este modo, ese trascurrir por los paisajes solitarios, por los que caminan en su insignificancia, se convierte en una suerte de peregrinación, en pos de la propia integridad, para cada uno de los protagonistas.

Un western, en suma, muy apropiado, para quien -como es mi caso- esté interesado en la manera en que el marco genérico fue empleado, en el cine norteamericano de la crisis del clasicismo, para avanzar hacia nuevas vías, temáticas y formales, conducentes (para bien o para mal) hacia los estilos modernos.


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