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jueves, 11 de abril de 2013

Thomas Hardy: The woodlanders


Tres temas dominan, de forma obsesiva, tanto el argumento como el tratamiento literario que al mismo aplica Thomas Hardy en esta su sexta novela (hay una reciente traducción castellana en Impedimenta): la estratificación y el ascenso sociales, el contraste entre campo y ciudad y la inexorable imposición del progreso (con la consiguiente decadencia de las formas tradicionales de vida).

En efecto, lo verdaderamente destacable en las elecciones que Hardy realiza, al elaborar esta novela, en aquel momento de su trayectoria literaria, es su decisión de superar, en el plano temático, la estética romántica, para apostar por una elaboración estilizada de temas de honda raigambre realista. Así, en The woodlanders, a través de una trama convencional de casamiento, adulterio y amores desgraciados, lo que se le presenta en realidad al(a) lector(a) es un afinado retrato de una comunidad (la de los woodlanders -habitantes de los bosques- del título) sometida a una ineludible tensión social, a la vez endógena y sobrevenida desde el exterior. Una tensión referida a cómo ubicarse en la estructura social (¿debo conformarme con ser campesino o aspirar a la clase media?), que a su vez es también una tensión ocasionada por el desarrollo de la sociedad burguesa y de la economía capitalista, con su ineluctable proceso de creciente urbanización y la consiguiente decadencia del campesinado como clase. En The woodlanders hallamos, por supuesto, tan sólo un primer atisbo de este proceso (al fin y al cabo, como han sostenido convincentemente diversos historiadores -Arno J. Mayer entre ellos-, no tan avanzado aún en el siglo XIX). Pero un atisbo penetrante y -sobre todo- que es presentado como el anuncio de lo por venir.

La cuestión capital desde el punto literario es, desde luego, que Hardy es capaz de hacer que las tensiones sociales referidas atraviesen hondamente a todos y cada uno de los personajes protagonistas de la novela. Ni l@s cuatro amantes implicados en la historia de amores desgraciados, ni sus familias, dejan en ningún momento de actuar, en buena medida, aun en sus comportamientos más abiertamente sentimentales, sobre la base de las ansiedades y de los dilemas (morales, existenciales y sociales) que la situación social en la que se hallan les suscita y plantea. De este modo, la sentimentalidad es tratada, en la obra, como una expresión sociocultural más. (Lo cual nos aleja ya tanto de la ideología romántica más pura -al modo de P. B. Shelley, pongamos- como, incluso, del "elogio de la sentimentalidad pura" que -aun con sus ribetes sociales predominaba también, por ejemplo, en un autor como Charles Dickens.)

Todo ello, mientras que los recursos retóricos que el autor emplea para su expresión literaria siguen firmemente anclados en la estilística romántica. Es de destacar, en particular, el recurso a la descripción del paisaje (especialmente omnipresente, en esta novela) como forma de reflejar emociones que tanto ciertas situaciones como determinados personajes deberían, en un momento dado, evocar al(a) lector(a). Se mantiene, así, Hardy completamente alejado de la estética "realista" (en el sentido decimonónico del término: Balzac o Galdós como ejemplos paradigmáticos), y más todavía del naturalismo. De manera que lo que, al final, viene a elaborar la novela es un tratamiento elegíaco, melancólico, de sus materiales temáticos. Y aquí estriba la mayor de las paradojas, así como la especificidad, de Hardy como novelista.


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