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lunes, 23 de julio de 2012

Borís Pasternak: Doktor Zivago


Leí esta novela animado por la enorme polémica que su difusión (que no publicación, pues sabido es que fue prohibida) levantó en la Unión Soviética, especialmente a partir de la concesión a Pasternak (un escritor que, por lo demás, había convivido razonablemente "bien", para como estaba la situación cultural del momento, con el autoritarismo estalinista) del Premio Nobel. Y, al cabo, he de reconocer que comparto en muy buena medida las acusaciones de índole política que las autoridades soviéticas realizaron al escritor en su momento. Y que, además, he de añadir alguna objeción adicional, de naturaleza literaria.


Comienzo por esta última: no sé si la calificación de "novela de poeta" resulta demasiado simplista (porque  ha habido grandes poetas que han sido, además, excelentes novelistas), pero lo cierto es que resulta difícil penetrar en la materia narrativa de la novela, a causa de la excesiva opacidad de los personajes; en especial, de los protagonistas. Una opacidad que, me parece, no es buscada (como lo es, por ejemplo, en autores como Samuel Beckett o Dashiell Hammett), sino que obedece a la incapacidad para transformar una técnica narrativa completamente tradicional -decimonónica, podríamos decir- en la forma para penetrar en el psiquismo de sus personajes y para explicar así de manera satisfactoria para el/a lector(a) sus acciones (al modo en que lo logran los grandes novelistas de la tradición realista -Hardy, Zola, Balzac, Flaubert, etc.). De este modo, los personajes participan en acontecimientos y actúan en los mismos. Pero difícilmente comprendemos sus motivos; ni, menos aún, logramos sentir empatía con los mismos.

Pero acaso la objeción técnica que apunto no lo sea tan sólo, sino que tenga bastante que ver con mis reparos de naturaleza política. Pues un planteamiento temático netamente inadecuado (como el que, en mi opinión, hay en la novela) hace difícil hallar la técnica adecuada, ya que es difícil narrar algo que se resiste -por improbable- a ser narrado.

Es sabido que las autoridades soviéticas reprocharon a la novela de Pasternak una visión netamente negativa de la revolución y la plasmación de un mensaje extremadamente "individualista". Y, en verdad, me parece que ambos reproches (si, como intentaré argumentar, como reproches deben ser tomados) estaban plenamente justificados, aun cuando procediesen de los burócratas literarios del post-estalinismo.

En efecto, de hecho, individualismo y puesta en cuestión de la revolución no son sino dos facetas del mismo planteamiento temático: uno en el que la revolución es vista exclusivamente desde la perspectiva de los impedimentos que a la "realización" (en el más solipsista sentido del término) de un artista e intelectual de procedencia burguesa (pero no perseguido por el gobierno revolucionario) oponen las conmociones propias de la transformación socioeconómica y política en marcha, así como por la guerra civil que sucedió al surgimiento de la resistencia contrarrevolucionaria.

En este sentido, resulta notablemente incómodo -al menos, para mí lo ha sido- recorrer páginas y páginas en las que los acontecimientos históricos, dramáticos (en los dos sentidos de la palabra: agudamente críticos, pero también dolorosos) son percibidos de un modo tan extremadamente individual. Resulta notable que alguien que se dice intelectual y que no milita entre las fuerzas contrarrevolucionarias, sino que se dice "ilusionado" por las expectativas que la revolución podría levantar, obtenga una comprensión tan limitada, tan  condicionada por las propias necesidades y deseos. Y no haga en ningún momento esfuerzo alguno para observar desde una perspectiva más amplia el amplio cambio histórico que está teniendo lugar ante sus ojos.

Entonces, es posible ver la novela de varias maneras, compatibles entre sí. En tanto que expresión de las ideas de Borís Pasternak, el escritor, probablemente hay que entenderla como la expresión, apenas velada, de su decepción con la forma en que había acabado la revolución (en el estalinismo y en la burocracia hierática que le sucedió), a tan alto precio en términos de sufrimiento humano. Y si, por el contrario, nos concentramos en su retrato de personajes, acaso haya que comprenderla más bien como la máxima expresión de la incapacidad del intelectual -de la mayoría, al menos- de trascender sus intereses de grupo (revestidos siempre, eso sí, de ennoblecedoras pretensiones de universalidad) para comprender la globalidad. (Me he ocupado de un caso semejante -aunque inverso- de tal incapacidad al reseñar la película Les amants reguliers, de Phillippe Garrel.)

Incapacidad que no permanecería tan sólo en el plano de la trama, sino que se refleja igualmente en la técnica narrativa. Que, a causa de la incomprensión acerca del material narrado, se ve obligada al uso y abuso de los tópicos (aquí, de la novela decimonónica tardía y en particular de la gran tradición rusa), con escaso efecto en cuanto a la obtención de potencia narrativa.


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