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domingo, 13 de junio de 2010

"Nanjing! Nanjing!" ("Ciudad de vida y muerte"), de Lu Chuan: sobre el arte del panfleto cinematográfico



Viendo Nanjing! Nanjing!, uno no puede dejar de advertir la constante –y, por explícita, molesta- presencia de la ilocución del narrador, dirigida directamente a la capacidad de empatía y compasión del espectador: casi cada secuencia parece estar destinada intencionalmente a conmovernos, a través de la postración de conjuntos de escenas pretendidamente conmovedoras, filmadas siempre del modo que, convencionalmente, el modo de representación cinematográfica institucional ha dado en tomar por más “expresivo”… más (explícitamente) retórico, en suma.

Tal es, a mi entender, la dificultad para apreciar esta película: no su condición de panfleto (condición que comparte con algunas de las obras más nobles a que ha dado y sigue dando lugar el arte cinematográfico), sino su naturaleza de un mal panfleto. Porque un panfleto de categoría (estética) oculta esa ilocución, la persecución del efecto perlocutivo en el receptor. Y lo oculta, precisamente, detrás de las formas: formas convencionales, muchas veces (de algún género, o de cualquier otra forma de convención estética preexistente –cine “moderno”, cine “independiente”,…); o, simplemente, formas fascinadoras, que sean capaces de enmascarar el manipulado mensaje sustancial.

Para no alejarnos siquiera del tema de que trata la película que me ha servido como punto de partida para esta reflexión: compárese la misma con la trilogía Ningen no jôken (La condición humana, Masaki Kobayashi, 1959-1961), otro indudable panfleto sobre la misma cuestión, de los abusos cometidos por el ejército japonés durante la ocupación de China en los años treinta y cuarenta. En esta última, es evidente el interés en reflejar la crueldad y racismo japonés. Se emplean, igualmente, técnicas narrativas cinematográficas también completamente convencionales. Y, sin embargo, uno no se siente, a cada instante, sobresaltado por lo que parece ser una obligada –a tenor de la retórica que se nos hace llegar desde la imagen y los diálogos- conmoción. La retórica resulta, por consiguiente, de más abierta interpretación (con completamente abierta, desde luego: recuérdese que, pese a todo, nos hallamos ante un panfleto). Pero el espectador no tiene (tanto) la molesta –para mí- sensación de estar siendo conducido a ciertas emociones. De estar siendo manipulado, en suma.

Es más: incluso cuando el (buen) panfleto decide, conscientemente, no enmascararse en ninguna forma estética convencional y, por el contrario, hacer explícita su condición, lo hace a través de una exposición de tal intención (transmitida usualmente a través de una apelación directa y razonada al espectador). Recrea, pues, así el pacto con éste: te vamos a contar una historia que te interesará, pues constituye la demostración ejemplar de estas ideas. (Estoy pensando, por ejemplo. en Einsenstein y buena parte del cine soviético primerizo.) Dicho pacto parece excluir ya, necesariamente, cualquier intento de manipular emocionalmente al espectador a sus espaldas. Lo cual, desde luego, no es cierto (la manipulación inadvertida sigue siendo posible: piénsese, sin ir más lejos, en las trampas subyacentes a la forma de Triumph des Willen (Leni Riefenstahl, 1935). Pero tranquiliza al espectador avisado, haciéndole (más) aceptable la forma de la obra.

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