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jueves, 21 de enero de 2010

Sobre la naturalización de la violencia (de género), en la jurisprudencia y en la vida: una anécdota docente

Salgo ahora de clase, una clase práctica sobre un caso de delitos sexuales: un caso leve, el típico "sobón". En fin, en mi (modesta) opinión, un caso de libro del delito de abusos sexuales (tipo básico: art. 181.1 CP).

Y ello, a pesar de que la jurisprudencia española lo subsuma, muchas veces, en la falta de vejación injusta (art. 620,2º CP), desdiciendo al legislador (que decidió que, en Derecho español, toda infracción penal contra la libertad sexual debería ser delito, y no falta) por razones valorativas... Unas razones bastante cuestionables, en tanto que el intérprete de la ley se permite sustituir la -sin duda, discutible- valoración del legislador por una propia, carente de cualquier legitimidad de origen y sospechosa, además, de constituir una trivialización de fenómenos (aun leves) de violencia de género todavía muy extendidos, por oscuros motivos.

Pero no versa sobre esto mi reflexión: sabida es la libérrima concepción del papel del intérprete de la ley que maneja la jurisprudencia española, que se atiene estrictamente al tenor literal cuando le conviene y -sin despeinarse- lo ignora por completo cuando no le parece conveniente; y todo ello, sin aportar ninguna justificación (valorativa) convincente de por qué hace una cosa o la contraria.

No, mi (relativa) sorpresa surgió ante algunos de los comentarios de mis alumnas: decían, en síntesis, que esto una cosa que (les) pasaba todos los días y que "si cada vez que se salgo por la noche y me ocurre esto tuviese que denunciarlo, no habría papel suficiente en los juzgados para ello".

Claro, yo les expliqué que la existencia de impunidad de hecho no justifica la despenalización (o una subsunción alternativa, más benigna) de iure y las razones valorativas y teleológicas por las que, en mi opinión, el hecho debía ser subsumido en el tipo penal de los abusos sexuales... Pero no pude dejar de asombrarme del grado en el que ellas habían llegado a asumir como "normal" la cotidianidad de la violencia, que sólo les resultaba llamativa si superaba ciertas cotas no usuales, mas no en otro caso.

Y, mirando luego hacia mi interior, no pude dejar de admirarme también de cómo los varones (sustitúyase por cualquier otra categoría de identidad dominante: europeos, blancos, con empleo, titulados, heterosexuales,...) como yo somos capaces de vivir ignorando (al menos, de hecho, cuando no, además, ideológicamente) la violencia que nos rodea y de la que son víctimas las personas con las que convivimos: yo, que llevo años y años saliendo por la noche, difícilmente habría imaginado tal ubicuidad que advertí en aquellas palabras. De cómo somos incapaces de imaginar un mundo en el que nosotros pudiésemos ser víctimas, de un modo tan cotidiano, de esa forma de violencia (lo somos, sin duda, de otras), hasta el punto de llegar a no verla como tal.

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